El Espíritu también nos lleva a la unidad que Cristo pidió en la Última Cena, “que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti” (Jn 17,21). En su carta a los Efesios, San Pablo habla de la obra de la unidad realizada por Cristo y que se hace presente en nuestras vidas por obra del Espíritu Santo: si bien es Cristo quien “derrib[ó] con su cuerpo el muro divisorio, la hostilidad” (Ef 2,14), es el Espíritu quien nos edifica “con los demás en la construcción para ser morada de Dios” (Ef 2,22).
Esta misión de unidad fluye del lugar que ocupa el Espíritu Santo en la Trinidad. El Espíritu es el vínculo de amor del Padre y del Hijo. Al igual que nos sentimos movidos hacia los que amamos —nuestros cónyuges, hijos, miembros de la familia— por el vínculo del amor, así también el Espíritu Santo une a todos los discípulos en el amor de unos a otros y a Dios.
Vemos esta acción unificadora de manera profunda en Pentecostés. En el cenáculo, el Espíritu desciende sobre los apóstoles en lenguas de fuego. Inspirados por el Espíritu, estos pescadores galileos salieron inmediatamente a predicar el mensaje de la reconciliación en Jerusalén. La ciudad estaba llena de visitantes de todo el mundo conocido en ese momento, pero toda la gente podía entender sus palabras. En cuanto los apóstoles recibieron el Espíritu Santo, la división de idiomas que se inició en la Torre de Babel quedó sanada. “Así fue como los hombres de todas las lenguas se unieron para entonar un solo cántico de alabanza a Dios, y las tribus dispersas, devueltas a la unidad por el Espíritu, fueron ofrecidas al Padre como primicias de todas las naciones” (San Ireneo, Contra las herejías, Libro 3, 17.2). Alrededor de 3000 creyentes, originalmente divididos por la lengua, se unieron entre sí y con Dios aquel día (Hechos 2,41).
Aunque hoy en día no solemos ver al Espíritu obrar de forma tan maravillosa, sigue dando el don de lenguas para atraer a otros al Padre. Una vez, mientras santo Domingo viajaba entre las nuevas comunidades que estableció, se encontró con un grupo de viajeros alemanes. Santo Domingo era español y no sabía alemán; los viajeros no sabían español. Sin embargo, durante tres días santo Domingo recibió el don de lenguas para poder compartir el mensaje del evangelio con sus compañeros de camino. El Espíritu sigue trabajando para unificarnos y atraernos al Padre.
La división basada en la lengua es real, pero el Espíritu Santo trabaja en nuestros días para sanar la división aún más profunda que crean nuestros pecados. En su primera aparición a los apóstoles después de su resurrección, Jesús “sopló sobre ellos y añadió: ‘Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados les quedarán perdonados; a quienes se los retengan les quedarán retenidos’” (Jn 20,22-23). El Espíritu Santo actúa en nuestras vidas permitiéndonos perdonar, tanto en la confesión como en nuestros corazones.
Hay algunos en nuestra cultura actual que piensan que el perdón es una debilidad o una capitulación ante el mal, que significa dar cabida a las personas y a los puntos de vista con los que no están de acuerdo. Otros se niegan a perdonar a quienes les han herido profundamente. Quiero ser muy claro: la falta de perdón no es el camino del evangelio, ni de un discípulo de Jesús. Es un rechazo al Espíritu Santo, que es enviado “entre nosotros para el perdón de los pecados”, como oímos en las palabras de la absolución en la confesión. El perdón nos sana y nos une, y es una obra que el Espíritu Santo desea hacer más en la actualidad. Desea reparar las heridas dentro y fuera de la Iglesia como parte de su misión de unidad.
Mientras nos preparamos para este Pentecostés, pidamos al Espíritu Santo que actúe a través de nosotros para que podamos ser agentes de perdón, sanación, verdad y unidad en nuestro mundo.